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Nutrición y Dietética|2020-12-03T10:49:44+00:00noviembre 2020|Sin comentarios

“Te hablo a ti”

No importa la edad que tengas, ni tu género, ni tu estatura, ni tu peso. No importa el color de tu pelo, de tus ojos o de la camiseta que has decidido ponerte esta mañana. Hoy no importa el espejo ni lo que hayas comido. No importa porque estas palabras que hoy lees van dirigidas a los hoyuelos de tu sonrisa, a cómo se te achinan los ojos, a cómo bailas, a cómo ríes y también a cómo lloras. Porque se llora mucho.

Describir un TCA es muy fácil si vas a los libros, a los casos y a los ítems que debes cumplir para que tu psicólogo o psiquiatra pueda diagnosticártelo. Sin embargo, es muy difícil describirlo cuando lo tienes dentro. Recuerdo un día en el que me levanté de la cama y chillé ante lo que el espejo me devolvía. Ese grito en realidad escondía muchísimas cosas. Mi yo interior me estaba chillando a mí misma por la repugnancia que le causaba la imagen, por no haber contado con exactitud las calorías del día anterior, por haberme puesto una camiseta que se acercase a mi talla, por tener que castigarme este maravilloso día sin comer dado que el anterior había consumido unas cuantas calorías de más, por no ser como las imágenes de las chicas que día a día veía en las redes sociales, por tener que matarme a entrenar para poder quitarme la culpabilidad de haber ingerido veinte calorías más, por haber pensado un segundo en otra cosa que no fuese la grasa de mis muslos o mi abdomen o mis brazos, por … por no importarme si en ese exacto segundo del grito me moría. Eso es un TCA. Es un grito dirigido a ti misma/o cada segundo de cada minuto, cada minuto de cada hora y cada hora de cada día. Es sentir un cuchillo que tú misma/o te clavas. Es el sitio más oscuro en el que he estado.

Llevo muchos años con esta herida y de momento alrededor de un año en tratamiento, y no te voy a mentir, es lo más duro que estoy haciendo en toda mi vida y me queda mucho camino por recorrer. ¿Te has fijado en que lo he llamado herida y no enfermedad? TCA es un trastorno en un libro de psiquiatría, pero es una herida emocional en la vida real. Es importante que un día llegues a entenderlo, a descubrir tu herida. No es un rasguño, no es un corte. Es una herida muy profunda que hay que reconocer, observar, limpiar y dejar que cicatrice, aunque duela. Y desafortunadamente, esta herida no te la curan por completo los psicólogos o psiquiatras, sino que debes vendártela tú misma/o. Eso es lo más duro, pero también lo más bonito. Seguramente hayas leído la palabra “bonito” y te hayan entrado ganas de llamarme mentirosa o hayas pensado que no sé de lo que hablo. A mí también me ha sorprendido escribir esa palabra refiriéndome a un infierno, pero un día te darás cuenta de que estás ganando esta lucha y eso es precioso. Te darás cuenta de que poco a poco, día a día, estás luchando. De que el simple hecho de levantarte de la cama con todo tu odio interior es luchar. Es la mayor batalla de tu vida y la estás ganando simplemente por el hecho de reconocer tu herida. Por conseguir dormir ocho horas seguidas, por haber pedido ayuda, por haber gritado “socorro”, por quitarte la vergüenza. Por vivir. Eso es precioso.

No soy quién para hablar de superar un trastorno como este porque como ya te he contado, estoy en el proceso y en el camino. Sin embargo, me encantaría que hoy, en el Día Internacional del Trastorno de la Conducta Alimentaria una persona como yo, que está en tu situación, te mire a través de estas palabras y te diga la preciosidad que eres. Que una persona como yo, que sabe lo que se siente, hable por una vez a lo que tú llamas “imperfecciones”, “complejos”, “odio”, “inseguridades” y les diga que me han prometido que un día podrás amarlas. Porque las promesas no se rompen y me han prometido que de esto se sale. Y tú también saldrás porque todas las heridas, si sanan bien, se curarán. Y dejarán una cicatriz muy grande que llevará tu nombre y tu lucha. Y te harán ser la niña o el niño, la chica o el chico, la mujer o el hombre al que le salen hoyuelos cuando sonríe, al que se le achinan los ojos, al que baila, al que ríe y al que llora. Porque no quiero que olvides a quién iban dirigidas estas palabras desde el principio.

No te conozco, pero te prometo que siento lo que sientes y que saldremos de esta. Y las promesas, como ya te he dicho antes, no se rompen.

Sara Matas Sánchez-Mellado

Paciente de Grupo Virtus

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